Esta que mañana finaliza ha sido una semana que me ha dejado agotada psicológicamente hablando. Fui consciente ayer cuando llegué a mi casa y me duché. Una sensación recorrió mi ser a la misma vez que lo hacía el agua por mi piel. No fue nada que no sintiera el viernes anterior, o el anterior, o el anterior del anterior. La ducha de los viernes me sirve de auténtica purificación. Me limpia los agobios, los sinsabores y las rabietas de la semana y me prepara la piel y el espíritu para la que llegará en breve. A modo de peeling, el agua a presión arranca las células muertas, dejando al descubierto las que se escondían cobardemente tras la trinchera sucia y trabajada de sus antecesoras.
Vestida de una piel renovada, limpia de impurezas y dispuesta a empezar a vivir experiencias nuevas, los primeros días -hoy y mañana- trataré de protegerla como madre a su bebé recien nacido. Pero después, preferiré que sufra, porque será la única fórmula de inmunizarla.
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