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domingo, 19 de junio de 2011

Brisa

Necesito brisa. La misma que sosiega el calor aplastante de una tarde de agosto en la orilla del mar. Aquella que notas conforme avanzas hacia las primeras olas que ni siquiera te mojan los tobillos. La que te hace olvidar que hace un momento que estabas sudando y que a duras penas podías respirar.

-Mi post por una hora de brisa marina-.

Despues, prometo ver las cosas con otros ojos, contemplar la vida de diferente manera, con las gafas de la paciencia y la mirada de la esperanza.

-Definitivamente, necesito esa brisa-.

Porque se que me va ayudar a soportar el calor atosigante del mes y pico que me queda hasta que me den vacaciones. Porque se que me va ayudar a escuchar menos a l@s de siempre y más a l@s de nunca. Se que notar la brisa en mi rostro me va a despertar de esta apatía que arrastro desde hace varias semanas. Y lo va a hacer como a mi me gusta, con suavidad, sin apresurarse y lo mejor es que no desaparecerá hasta que no compruebe que he resucitado del todo.

-Brisa, bendita brisa-.

sábado, 5 de marzo de 2011

Carnaval

Nunca me ha gustado el carnaval. No me gustan los disfraces, ni tampoco los motivos por los que generalmente la gente claudica a vestirse de hipocresía. Son días de alegría impuesta, de felicidad por decreto, de locura porque sí. No me gusta. Estoy más cómoda en el otro bando, en el de la alegría natural, la felicidad por sorpresa o la locura porque yo lo valgo.
Prefiero la verdad al disfraz de mentira, la cara lavada a la máscara veneciana, el traje de diario a la capa de vampiro.
A Dios gracias que solo dura siete días y que cada vez -debe ser la edad- me he vuelto más tolerante. Por eso, me honra imitar -mejor semana no puedo elegir- a Unamuno y cambiar el verbo principal de su frase memorable: "¡Qué se disfracen ellos!" Y yo, qué lo vea. Porque si tan necesaria es esa alegría trucada, también lo será el público que, a su debida distancia, lo valore. Eso sí, ese sí puede ser mi disfraz: el de público, pero no un público cualquiera, sino aquel en el que predomina el escepticismo, aquel que se sitúa en la platea, con el fin de observar desde la frialdad del otro lado, el calor provocado por el dichoso carnaval.

domingo, 28 de marzo de 2010

Contracorriente

Llevo toda la tarde con la canción de El Canto del loco, A contracorriente, en mi cabeza. Y me acabo de dar cuenta que como siempre digo, nada es por casualidad. Ha sido una semana difícil, otra más. Y el fin de semana, esta vez, no ha sido remedio para olvidar. Quizá porque no debía hacerlo. Quizá porque sin saber el por qué me encuentro en esta situación, llevo algunos días sintiéndome a contracorriente de mi entorno. En el momento justo en el que brota la primavera y por ende, el más apropiado para que la sangre se altere, el corazón se abra y el alma se descongele, yo me siento a contracorriente. Es como si me sintiera de lo más cómoda en esta situación anodina, sin que ni por un instante prefiriera que entrara el calor suficiente para que, de una vez por todas, derritiera y quebrara las mil y una protecciones que antaño decidí colocar en un lugar prácticamente acorazado hoy por hoy. ¿Y cómo lo explico? ¿Y cómo puedo hacerlo comprensible? ¿Con mi personalidad? ¿Con semejante bagaje? -No sé por qué lo hice, pero lo hice, dejé sonar el teléfono, aunque anteriormente lo había llamado yo.