Claroscuros son los momentos en los que cuando todo parecía estar claro, de repente, sin saber el porqué se difumina y pasando rápidamente por el tono grisáceo, el oscuro llega para quedarse.
Los claroscuros son víricos, lo son porque no suelen aparecer una sola vez sino que tras la primera ocasión que tienen, permanecen latentes en el organismo con la idea de hacerse presentes cada vez que pueden o quieren.
La situación entonces deja de ser discutible para ser expuesta unilateralmente utilizando la frialdad y la lejanía a partes iguales. Lo conseguido deja de ser interesante. Lo luchado comienza a hacerse demasiado pesado. La claridad se torna sin más remedio en oscuridad. Y después, lo de siempre... el silencio.
De todo esto, lo más relajante, es que de tantos claroscuros sufridos, una ya tiene el antídoto perfecto, la pócima adecuada para que lo antes posible deje de escocer: unas cuantas nuevas gotitas de ilusión. Cuesten lo que cuesten, sin por supuesto, costar la dignidad.
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sábado, 3 de marzo de 2012
sábado, 5 de marzo de 2011
Carnaval
Nunca me ha gustado el carnaval. No me gustan los disfraces, ni tampoco los motivos por los que generalmente la gente claudica a vestirse de hipocresía. Son días de alegría impuesta, de felicidad por decreto, de locura porque sí. No me gusta. Estoy más cómoda en el otro bando, en el de la alegría natural, la felicidad por sorpresa o la locura porque yo lo valgo.
Prefiero la verdad al disfraz de mentira, la cara lavada a la máscara veneciana, el traje de diario a la capa de vampiro.
A Dios gracias que solo dura siete días y que cada vez -debe ser la edad- me he vuelto más tolerante. Por eso, me honra imitar -mejor semana no puedo elegir- a Unamuno y cambiar el verbo principal de su frase memorable: "¡Qué se disfracen ellos!" Y yo, qué lo vea. Porque si tan necesaria es esa alegría trucada, también lo será el público que, a su debida distancia, lo valore. Eso sí, ese sí puede ser mi disfraz: el de público, pero no un público cualquiera, sino aquel en el que predomina el escepticismo, aquel que se sitúa en la platea, con el fin de observar desde la frialdad del otro lado, el calor provocado por el dichoso carnaval.
Prefiero la verdad al disfraz de mentira, la cara lavada a la máscara veneciana, el traje de diario a la capa de vampiro.
A Dios gracias que solo dura siete días y que cada vez -debe ser la edad- me he vuelto más tolerante. Por eso, me honra imitar -mejor semana no puedo elegir- a Unamuno y cambiar el verbo principal de su frase memorable: "¡Qué se disfracen ellos!" Y yo, qué lo vea. Porque si tan necesaria es esa alegría trucada, también lo será el público que, a su debida distancia, lo valore. Eso sí, ese sí puede ser mi disfraz: el de público, pero no un público cualquiera, sino aquel en el que predomina el escepticismo, aquel que se sitúa en la platea, con el fin de observar desde la frialdad del otro lado, el calor provocado por el dichoso carnaval.
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