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sábado, 14 de septiembre de 2013

NADA

Si me hubieran preguntado qué es lo que quería cuando empezó el verano, hubiera respondido de manera muy directa: que acabara.
Lo hubiera dicho porque pensaba que tras esos meses de calor y color, todo volvería a su estado natural y sería la oportunidad perfecta para iniciar nueva etapa.
Sin embargo, yo no contaba con lo que para ello iba a necesitar: un acercamiento, un 'sigo aquí', un 'vamos a ver qué pasa'. Pero no. No habido nada y por eso, tras el calor y el color, nada ha vuelto a su estado natural. Más bien se ha quedado en ese primer término: NADA.
Pese a todo, mejor dicho, pese a NADA, el pensamiento no deja de jugar al tú sí que vales y por eso no permite ni una sola seña por la que se pierda de vista a la a veces, insoportable, dignidad.
Y así, el tiempo va pasando y lo que es peor.... pesando!

sábado, 3 de marzo de 2012

Claroscuros

Claroscuros son los momentos en los que cuando todo parecía estar claro, de repente, sin saber el porqué se difumina y pasando rápidamente por el tono grisáceo, el oscuro llega para quedarse.
Los claroscuros son víricos, lo son porque no suelen aparecer una sola vez sino que tras la primera ocasión que tienen, permanecen latentes en el organismo con la idea de hacerse presentes cada vez que pueden o quieren.
La situación entonces deja de ser discutible para ser expuesta unilateralmente utilizando la frialdad y la lejanía a partes iguales. Lo conseguido deja de ser interesante. Lo luchado comienza a hacerse demasiado pesado. La claridad se torna sin más remedio en oscuridad. Y después, lo de siempre... el silencio.
De todo esto, lo más relajante, es que de tantos claroscuros sufridos, una ya tiene el antídoto perfecto, la pócima adecuada para que lo antes posible deje de escocer: unas cuantas nuevas gotitas de ilusión. Cuesten lo que cuesten, sin por supuesto, costar la dignidad.

sábado, 25 de febrero de 2012

Mentir

Anoche, hablando sobre la mentira y sus variedades parejílicas, llegué a la conclusión de que yo creo por defecto. Estoy programada de esa manera. Es más, considero, y así se lo hice ver a quien me acompañaba, que el problema era de quién mentía y nunca del que por la razón x creía por defecto.
Pienso también que para mentir hay que ser demasiado inteligente porque cuando el que miente es un mediocre, la historia se vislumbra en un abrir y cerrar de ojos, normalmente porque se vuelve contra uno más pronto que tarde. Y ahí caes al fango, desde donde, sin ayuda, se hace imposible salir.
Aún así, hay quien dice no mentir aunque obvia, dice no mentir aunque distorsiona, dice no mentir aunque no llega a decir del todo la verdad. Son aquellas personas que creen guardarse un as bajo la manga y lo único que guardan es su nulo sentido de la ética.
Sin más, prefiero creer por defecto y seguir con el que miente, de la manera que sea, por la línea de la discreción, aquella que siempre te asegura un lugar privilegiado en el banquillo del honor y la dignidad.

sábado, 14 de enero de 2012

Dignidad

No sé si tiene algo que ver con el libro que estoy leyendo, La lucha por la dignidad, pero llevo toda la semana topándome con este concepto. Me lo encuentro en la televisión, en internet, en la prensa escrita, en el cine, etc. Es como si detrás de este hecho hubiera una intención, la de dignificarla -nunca mejor dicho-, como si hubiera estado hibernando y fuera el momento de despertarla.
Quizá ese sería el remedio de alguno de nuestros males. Ahora que todo parece desmoronarse a nuestro alrededor y que lo material deja de tener valor día tras día, parece que lo más razonable sea dignificar la dignidad. Situarla en el lugar que merece, no muy alto pero tampoco en el suelo, tal vez su lugar esté más cercano a nuestra altura moral de lo que nos parece.
Conforme lo vanal es relegado a su origen, lo moral renace reconstruido de sus cenizas para colocarse entre el cerebro y el corazón, próximo a la garganta, con el objetivo de ser el juez de aquello que finalmente debemos digerir, no sin antes decidir... tragar o vomitar.

domingo, 3 de octubre de 2010

(Auto)control

Había una vez una persona que creía poder (auto)controlarlo todo. Era una persona que protegía lo que sentía en todo momento. A la que era difícil de consolar, pero a quien todo el mundo acudía a consolarse. Defendía el silencio como el arma más encomiable y la dignidad como la seña de identidad del ser humano. Sin ella, todo está perdido. Consideraba la lealtad su fiel compañera y el respeto, el marido deseable. La mezcla de ambos ingredientes, podía ser su cena favorita.
Una vez, quiso comprobar hasta donde llegaba su supuesto (auto)control, queriendo llegar más allá de lo que en un inicio se le notificó. Quiso poner a prueba su intuición, como siempre, con paciencia y tiempo, sin prisa, como los buenos guisos, a fuego lento. Y averiguó lo que quería... Y quiso saber más... Y ... en este justo momento se encuentra... en el que la curiosidad lucha con el (auto)control, día sí y día también. Mientras tanto, la lealtad y el respeto la consuelan.